Borges, J.L.


Adoraba a los gatos desde niño, y ellos lo sabían pues incluso gatos desconocidos le seguían por la calle. Al final de su vida, vivió con dos gatos: Odín y Beppo, un gato blanco y expresivo que se trajo del barrio portense de La Boca. “Se llamaba Peppo, un nombre horrible. Así que se lo cambié por Beppo, un gato que tuvo Lord Byron. El gato no se dio cuenta y siguió su vida". Borges se pasaba horas acariciándolo hasta su muerte en 1985 con 15 largos años, precediendo en unos meses al escritor.


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Bradbury, Ray


Más que Ray fue su mujer Marguerite la que llenó la casa de gatos: a finales de la década de los 50, tenían unos veintidós mininos caseros. Y Bradbury, encantado. Quizá sus famosas Crónicas Marcianas fueron escritas en colaboración con sus terrestres gatitos...

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Bukowski, Charles


Afirmaba que cuántos más gatos uno tenga, más tiempo vivirá. Si tienes 100 gatos vivirás 100 años, 10 veces más que si tienes 10. Tuvo nueve gatos hacia el final de su vida, pero el más especial para él fue un gato callejero bizco al que salvó la vida y del que contaba está preciosa historia. Tanto adoraba a estas encantadoras criaturas que deseaba reencarnarse en gato. Quizá tenemos un Bukowski en casa sin saberlo...

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Burroughs, William


En su libro El gato por dentro habla de los gatos como “compañeros psíquicos” y “enemigos natos del estado”. Les quería incondicionalmente: "La única cosa que puede resolver el conflicto es el amor, como el que yo sentí por Fletch y Ruski, Spooner y Cálico. Amor puro. Lo que siento por mis gatos que tengo ahora y los que tuve antes". Hacia el final de su vida, el poeta Allen Ginsberg le preguntó a Burroughs si quería ser amado. “Depende, ¿por quién o qué? Por mis gatos, definitivamente”. Interesante este enlace con el testimonio del heredero de uno de los últimos gatos de Burroughs, Butch.


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"No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos" Osvaldo Soriano



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Imagen: Cortázar en París, con la gata Flanelle. Imagen tomada por A. Girard en 1980 (colección CGAI) Foto tomada de "Cortázar de la A a la Z".




Muchos escritores famosos han tenido gatos. Decía Mark Twain que el cruce de persona con gato sin duda mejoraría la especie humana, pero empeoraría a los gatos.

Osvaldo Soriano amaba los gatos. Prueba de ello es que decía al respecto:

(...) El día que nací había un gato esperando al otro lado de la puerta. Mi padre fumaba en Mar del Plata, en el patio. Mi madre dice que fue un parto difícil, a las cuatro y veinte de la tarde de un día de verano. El sol rajaba la tierra. Los jóvenes Borges y Bioy Casares paraban cerca de ahí, en Los Troncos alucinando las historias de don Isidro Parodi. A Borges lo seguían los gatos. En una de sus fotos más hermosas está junto a María Kodama, que tiene uno en brazos; Borges lo acaricia como a un amigo.


A mí un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Veni, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas rendido un Ieón. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos.


En París, mientras trabajaba en El ojo de la patria, en un quinto piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista caminando por la canaleta del desagüe. Para sentirme más seguro de mi mismo puse un gato negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás. Para decirlo mal y pronto: hay gatos en todas mis novelas. Soy uno de ellos, perezoso y distante. Aunque nunca aprendí la sutileza de la especie. Ahora mismo, una de mis gatas se lava la manos acostada sobre el teclado y tengo que apartarla con suavidad para seguir escribiendo.


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Autoras: Ana María y Patricia, profes de informática